
En estos tiempos que corren todo parece estar apartado en compartimientos estancos.
Tenemos por aquí el sexo sin amor.
Tenemos en otro lado el compás de la sin razón y el ritmo obsesivo y primitivo de una música sin melodía.
Y tenemos además las canciones repetidas, la agresión al propio cuerpo y los metales atravesando la carne y los tatuajes.
Ya se está yendo el 2007 y muchos observan (¡Y se consideran “modernos”!) los comportamientos milenarios de algunas tribus africanas.
Otros bailan durante horas y asistidos por pastillas, al rítmico sonido de cualquier cosa que se reitere en el tiempo musical del pentagrama.
Otros saltan como monos en los recitales al ritmo del “pogo”.
Y algunos otros modernos recurren al reggaetón, al hip hop (¿Que será eso?) y a cualquier otro movimiento parecido al de los simios.
Antes no era así.
Se los juro.
Una noche (y mientras dormía en Valentín Alsina) Calí llegó con un Long Play de Los Beatles.
Help!, para ser exactos, que había comprado a medias con Oscar Crespo, el diariero.
Y en el sexto surco del lado B me despertó para hacerme escuchar Yesterday.
Yo estaba bastante cansado de los ajetreos del secundario y de algún picado ocasional en el barrio y apenas abrí los ojos y presté atención con mis oídos a semejante canción.
Una canción que tanto él como yo pensamos que habría de ser eterna como un Agujero Negro y como la materia del Universo Oscuro
Aunque debo confesarles, viendo las cosas que pasan hoy, que eso es algo de lo que no estoy muy seguro.
1 comentario:
Querido Néstor, Yesterday continúa siendo eterna. Busca algún mocoso desprevenido y hace que la escuche, sin decir de quien es, de cuando es, solo como al pasar, que la escuche... y veras que es eterna. Un abrazo. Silvia Peralta
Publicar un comentario